Tocas la puerta, no sabes qué pasará a continuación, entiendes que si no abren algo va a estar mal, quizá no quiere verte, quizá no quiere ver a nadie; está dormida, o no puede abrirte porque ha encontrado los impedimentos necesarios. Has tocado la puerta, puede que te abra y entonces te preparas para verla, triste o enojada, con los ojos tan cansados de tanto llorar, tal vez ya bebió de más.
En ese momento, ese miedo que te da ante lo inesperado, te hace sentir como un niño de cinco años, pero comprendes que por ese miedo es que te quedas a esperar una de las dos posibilidades y… te quedas; si es necesario te quedas para volver a tocar la puerta. Se abre la puerta y entonces la ves, no está bien, pero no sabes qué es exactamente lo que le ha pasado y temes preguntarle, porque quizás no quiera contarte, pero te quedas.
Todo lo ves como el color de las hojas de los libros viejos que ves en casa de tus abuelos o en la biblioteca pública. Apenas sale una pequeña luz de un rincón de la sala, el olor a libros te calma, pues sabes que está ahí, sentada, justo frente a ti. La pregunta por fin se pregunta “¿Qué pasó?” y la respuesta tarda en llegar, siempre que duele las respuestas tardan más; y preguntas otra vez “¿Qué tienes?” y entonces lo ves, tiene tristeza, es fácil saberlo… lo difícil es quitarla.
Sabes que la respuesta no será buena, pues ves la situación desde todos lados, pero es más sencillo si ella te da la razón… esperas, esperas porque es tu amiga, porque aunque no sea la misma tristeza igual la has sentido; esperas, con tiempo y con paciencia, pues los artistas no suelen dar respuestas fáciles. La espera no es lo que desespera, el no poder hacer nada, eso sí que desespera; y el aire se siente, el olor a libros es fuerte, la pequeña luz de algún rincón de la sala no te basta para verle el rostro, el ruido de la gente que pasa afuera es más fuerte en el silencio; la habitación no está alegre, y sus habitantes tampoco.
Entonces preguntas otra vez “dime: ¿Qué tienes? ¿Qué pasó?” Y ella te mira y te apunta con el dedo, sientes las respuesta venir, no sabes lo que dirá o cómo lo dirá; en tu cabeza sabes que alguna palabra tendrás para ella, pero no sabes cuál “tú me prestas para unos cigarros” no era lo que esperabas, pero por alguna razón no te sorprende “sí ¿ya comiste?” preguntas. Casi segura de la respuesta “No” era lógico, bueno lógico en el mundo de ella y el mío “¿Te traigo unos tacos de los que venden por ahí?” “No, no quiero” Te responde, algo que también ya esperabas pero valía la pena intentar “¡Tienes que comer algo!” Le adviertes, como si pudieras “cigarros sin tacos” te responde, así de clara; tú, sencillamente, sin objeciones, te levantas y te preparas para ir por sus cigarros; porque sabes que esta vez son necesarios, porque puede dejar de comer, pero no dejar de fumar y entonces entiendes que ella va a estar bien, con una cajetilla de cigarros y silencio que dure todo lo que tenga que durar, tú decides quedarte, porque vale la pena escuchar al artista y sus complicadas respuestas.
