Elisa se había quedado frente al
espejo todo el día, sabia que en cualquier momento que moverse de ahí, pero las
razones no eran suficientes para nadie y mucho menos para ella. Ahí, parada
frente al espejo ya no se sentía tan sola, pues estaba ante su propia compañía;
Elisa se miraba y entonces, mientras más tiempo pasaba, ella más veía su rostro
cambiar, y ella no lo quería aceptar, ella no quería aceptar que su vida podría
ser otra, que en cuestión de segundos su vida, sus planes, y toda su felicidad podían
desaparecer, así nada mas, sin más oportunidad.
Su rostro, no tenía ni una gota
de maquillaje; ningún tipo de maquillaje quitaría ese rostro y ese dolor
reflejado. Elisa no quería moverse, ella no quería dejar de verse, dejar de
verla a ella, su compañera; mientras más transcurría el tiempo, ella más se
preguntaba ¿Cómo alguien podía sentir tanto dolor y aun así, seguir viva? Aquel
espejo, era el recuerdo de que seguía de pie, pero lo que ella sentía, ahí, era
el dolor de no poder volver atrás, de no poder arreglar las cosas; a ella le dolía,
pensarse, saberse, fuera de la vida de alguien más.
Elisa se quedo de pie frente al
espejo todo el día, la noche llego y con ella, llego también, el recuerdo de
que nada había sido una pesadilla; Elisa no cerraba los ojos, ella no quería,
ella necesitaba mantenerse despierta, porque así, ya no se sentía tan sola, el
dolor no la tomaría por sorpresa al despertar. Elisa, ella se pregunta ¿Cómo alguien
podía sentir tanto dolor y aun así, seguir viva? Pero para el final del día,
ella ya sabía la respuesta; ya no había diferencia, la Elisa real y el reflejo
en el espejo no dejaban que ni una ni la otra se fuera, ninguna podía existir
sin la otra; Elisa era la misma, dentro y fuera del espejo.