Una sonrisa para cada día

Una sonrisa para cada día
Yo, mientras el mundo sigue

domingo, 21 de junio de 2015

Yo estaba ahí cuando pasó.

Yo estaba ahí cuando pasó.

Un hombre llega a casa con una caja llena de cosas en las manos, saluda a su mujer con un beso en los labios, tan sombrío fue el beso que los ojos de su esposa se llenaron de lágrimas, el hombre, quien también era padre, pasó frente a sus hijos y les regaló una media sonrisa.

La puerta cerrándose detrás de él es lo único que se escuchó después, el esposo y padre había decidido encerrarse en su habitación seguido por su esposa, quien antes se había dado a la tarea de sonreírle a sus hijos llenando aquel hueco faltante de la sonrisa que su esposo, segundos antes, les había dado.
Pasaron dos horas antes de que una mujer un poco más cansada saliera de la habitación, no había espacio suficiente en aquel lugar para tanta tristeza y desesperación. Fue a la cocina y se dedicó a hacer la cena, la cena en la que el padre no estuvo presente; a la hora de dormir, la madre los arropó y les besó la frente a cada uno, seguido de un “los amo” les deseó buena noche, aquella buena noche que su padre no les dio.

Cuando la niña, quien era la mayor de los dos hijos, despertó en la madrugada, por una ranura bajo la puerta vio un reflejo de luz asomarse, había alguien afuera y ella sólo podía imaginar un montón de monstruos en una gran fiesta en la sala de su casa. Seguramente planeaban entrar a su habitación para darles un buen susto, despertar a su hermano y comérselo en grandes bocados mientras ella espera su turno; la niña tuvo que lidiar con ese pensamiento por poco más de diez minutos. Pensó en gritarle a su padre, él sería lo suficientemente poderoso para combatir a cualquier monstruo, de cualquier tamaño; luego, recordó que su padre había llegado del trabajo tan enfermo aquel día que seguramente tampoco estaría presente para lidiar con aquellos monstruosos personajes. La niña no gritó.

Se levantó de la cama intentando no despertar a su hermano, se acercó hasta la puerta de su habitación y giró la perilla; en cuanto vio el resto de la casa desde su puerta supo que debía de ser ya muy tarde, el silencio le hizo suponer que aquellas criaturas seguramente no tenía lengua, pero todavía le parecía que eran horrendos.

Salió de la habitación por pura curiosidad, en cuanto dobló hacia la sala comprendió que la luz venía de la televisión y más se sorprendió al ver a su padre viéndola sin sonido. “A papá le gusta la música y le televisión a todo volumen”, recordó, quizá por esa razón se le hizo tan extraño verlo sentado frente a un aparato mudo. Él, al darse cuenta de la presencia de su hija le tendió la mano y con la otra palmeó al sillón indicándole que se sentara junto a él. La niña, sin dudarlo, corrió hacia su papá, le tomó la mano y él la abrazó a cambio. Aquel silencio reconcilió a la niña con su padre.

La niña miró a su papá a los ojos y sintió culpa por haber pensado que podría haber sido un monstruo, no había nada de maldad en los ojos de aquel hombre, sólo cansancio y tristeza. Cuando la niña lloró en los brazos su padre, él la tomó y le dijo: “Perdón por aquella media sonrisa de la tarde, por no estar con ustedes en la cena como cada noche, por faltar a la hora de dormir; pero el hecho, baby, es que a veces uno se cansa de ser hombre, pero nunca padre, y cuando me canso, sólo necesito pensar en ustedes para volver. Perdón, baby, hoy me despidieron del trabajo, pero hay uno del que nunca podrán despedirme y ese es el de ser su padre. Te amo”, me dijo.


Desde entonces, mi padre nunca ha dejado de ser hombre, empresario y mi guía, y yo sé que jamás, no importa lo que pase, él jamás dejará de ser mi padre.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Página uno, tú.

La primera vez que nos vimos en aquella central de autobuses vi mi entusiasmo en tus ojos, mis ganas de abrazarte me llevaban al límite con cada palabra y silencio. Caminaste hacia mí con paso firme y aventurado. Tu sonrisa fue la clave para recordarte todo el siguiente fin de semana.

Supe que no tenía remedio, tenía que admitirlo, mis sentimientos estaban al borde de un primer beso. Nos detuvimos, siempre lo hacemos, aún así nos aceptamos desde aquel momento.

Me mostraste tu mundo en la gran ciudad, sabías tu lugar, estabas tan seguro de ti que me hiciste sentir segura a mí. Me llevaste junto a ti, recorrimos pasillos, explanadas, cruzamos calles llenas de autos y personas, yo no desee caminar junto a nadie más que no fueras tú. Y en todo el recorrido estuvieron tus ojos, esos ojos bajo tus abultadas cejas  me miraban y sonreían. Atrapados en el metro no podíamos huir, te paraste frente a mí y sonreíste con ternura, como si agradecieras algo.

Me sorprende que con cada roce de tu cuerpo se avivaran las mariposas en mi estómago, amarillas, por cierto… en un revoloteo amarillo.

Camine junto a ti hasta el palacio de mis deseos; mientras me fotografiabas yo me detenía a mirarte entusiasmada y sorprendida. Debías de quererme para hacer todo aquello por mí.

No pude detener las horas. Pude hacerte sonreír, pero no pude detener las horas.

Llegamos al momento en que mi partida fue inevitable y la prolongación de nuestro tiempo juntos fue todo lo que yo quise e imagine que fuera. Agradecí el largo camino a casa, nunca antes había deseado caminar tanto junto a alguien, alargando así nuestra despedida. La noche nos cubrió bajo un cielo claro y faros encendido, y el compás de tus paso seguían haciéndome sentir esa seguridad que sólo tú me das. Entonces llego el momento de dejarte ir, en un abrazo corto; pues yo me hubiese aferrado a tu cuello, nos despedimos con palabras cortas y extrañamente melancólicas.


Cuando me diste la espalda mis labios gesticularon “Te voy a extrañar” y te perdí de vista en cuando doblaste la esquina, con aquella mochila en los hombros y la cabeza mirando al suelo.

jueves, 18 de abril de 2013

La solución


Cuando las palabras comienzan a hacerse visibles en mi cabeza entiendo que la libertad que me da al escribirlas me hace sentir que todo es posible, que nada se interpone, soy amiga de mis sentimientos y por primera vez hago las paces con mis demonios.

Y me reflejo en estas palabras y no me arrepiento de lo que veo, me comunico, me ahogo en ellas y luego me acurruco entre sus letras. Y soy yo contra el mundo. Yo con la marea. Yo sobre las nubes. Yo en un baile con la luna… soy yo.

Son estas palabras que escribo lo que mi mente piensa y lo que el corazón siente. Las escribo, las leo y luego me arropo en ellas; las volteo y las detengo, las cambio de lugar y me las llevo al atardecer. 
No hay solución cuando siento, las escribo. No hay solución cuando pienso, las escribo. No hay manera de evitarlas cuando quiero de la forma que sea, entonces las escribo.

Y soy yo contra el mundo. Yo con la marea. Yo sobre las nubes. Yo en un baile con luna… soy yo.

lunes, 21 de enero de 2013

Elisa y él.



Elisa decide dar tropiezo tras tropiezo, imaginando que alguno de estos le conduzcan a él; mientras ella tropieza lo invoca.

“Es real, tan real como que no puedo alcanzar el cielo con sólo estirar la mano, tan cierto como que las matemáticas nunca fueron mi materia favorita, tan tangible como la ropa que llevo sobre el cuerpo; él es real, tan real que me cuesta aceptar que no es parte de mis sueños. Seguro se encuentra por ahí, caminando de un lugar a otro, durmiendo con las almohadas entre sus brazos o piernas. Seguramente llama por teléfono en este momento, quizá, quizá esté pensando en mí ahora.

Él es real, tanto que incluso puedo sentir sus labios sobre los míos aun cuando no esté junto a mí; seremos como dos almas gemelas o dispares, pero seremos un alma, pues entre lo “igual” y lo “diferente” no hay distancias importantes. Yo soy de las que piensa que la compatibilidad se lleva en el corazón. ¿Que si me quedo? Me quedo. ¿Y si me voy? Será con él. Es real, tanto como que puedo tapar el sol con un dedo mientras cierro un ojo; tan real como que respiro el mismo aire que él y aún no se da cuenta. Tan cierto como que él también se ríe de esta divertida verdad… es tan real que se toma su tiempo para llegar a mí.

Todavía no le conozco y ya lo espero; aún no me ha encontrado, pero no importa pues todavía tengo el tiempo para esperarle. Mientras tanto sigo besando y aprendiendo de mis fallidos intentos, él también lo hará. Es real, tan real como que lo invoco en mis pensamientos.”


martes, 4 de diciembre de 2012

Cigarros sin tacos


Tocas la puerta, no sabes qué pasará a continuación, entiendes que si no abren algo va a estar mal, quizá no quiere verte, quizá no quiere ver a nadie; está dormida, o no puede abrirte porque ha encontrado los impedimentos necesarios. Has tocado la puerta, puede que te abra y entonces te preparas para verla, triste o enojada, con los ojos tan cansados de tanto llorar, tal vez ya bebió de más.
En ese momento, ese miedo que te da ante lo inesperado, te hace sentir como un niño de cinco años, pero comprendes que por ese miedo es que te quedas a esperar una de las dos posibilidades y… te quedas; si es necesario te quedas para volver a tocar la puerta. Se abre la puerta y entonces la ves, no está bien, pero no sabes qué es exactamente lo que le ha pasado y temes preguntarle, porque quizás no quiera contarte, pero te quedas.
Todo lo ves como el color de las hojas de los libros viejos que ves en casa de tus abuelos o en la biblioteca pública. Apenas sale una pequeña luz de un rincón de la sala, el olor a libros te calma, pues sabes que está ahí, sentada, justo frente a ti. La pregunta por fin se pregunta “¿Qué pasó?” y la respuesta tarda en llegar, siempre que duele las respuestas tardan más; y preguntas otra vez “¿Qué tienes?” y entonces lo ves, tiene tristeza, es fácil saberlo… lo difícil es quitarla.
Sabes que la respuesta no será buena, pues ves la situación desde todos lados, pero es más sencillo si ella te da la razón… esperas, esperas porque es tu amiga, porque aunque no sea la misma tristeza igual la has sentido; esperas, con tiempo y con paciencia, pues los artistas no suelen dar respuestas fáciles. La espera no es lo que desespera, el no poder hacer nada, eso sí que desespera; y el aire se siente, el olor a libros es fuerte, la pequeña luz de algún rincón de la sala no te basta para verle el rostro, el ruido de la gente que pasa afuera es más fuerte en el silencio; la habitación no está alegre, y sus habitantes tampoco.
Entonces preguntas otra vez “dime: ¿Qué tienes? ¿Qué pasó?” Y ella te mira y te apunta con el dedo, sientes las respuesta venir, no sabes lo que dirá o cómo lo dirá; en tu cabeza sabes que alguna palabra tendrás para ella, pero no sabes cuál “tú me prestas para unos cigarros” no era lo que esperabas, pero por alguna razón no te sorprende “sí ¿ya comiste?” preguntas. Casi segura de la respuesta “No” era lógico, bueno lógico en el mundo de ella y el mío “¿Te traigo unos tacos de los que venden por ahí?” “No, no quiero” Te responde, algo que también ya esperabas pero valía la pena intentar “¡Tienes que comer algo!” Le adviertes, como si pudieras “cigarros sin tacos” te responde, así de clara; tú, sencillamente, sin objeciones, te levantas y te preparas para ir por sus cigarros; porque sabes que esta vez son necesarios, porque puede dejar de comer, pero no dejar de fumar y entonces entiendes que ella va a estar bien, con una cajetilla de cigarros y silencio que dure todo lo que tenga que durar, tú decides quedarte, porque vale la pena escuchar al artista y sus complicadas respuestas.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Antes de dormir.


Pienso contarle al mundo los cuentos que invento en mi cabeza, que mi mente corre a toda velocidad mientras yo me detengo acostada sobre la cama; quiero contarle al mundo que se siente navegar dentro de mi cabeza, con nombres y fechas exactas, con rostros familiares e inventados, con todas las imperfecciones que alguien podría amar. Quiero crear la historia más larga, aquella que continúe cada noche.

Sí, antes de dormir, quiero decirle al mundo que me abrazo al momento justo en que mi mente se deja llevar por todo lo que el corazón siente. Quiero que el mundo sepa, que a veces, es bueno contarle a la cabeza lo que siente el corazón. Antes de dormir me detengo a contarme un cuento, uno que me guste, que me sorprenda, que lleve música y una historia que no solo sirva para dormir, una historia que sirva para soñar.

Quiero seguir viendo los rostros de mis personajes cada noche, escuchar el nombre de mi protagonista, quiero oír la música, que salga de mí. Antes de dormir, quiero vivir como los cuentos que hay dentro de mí… antes de dormir, quiero contarle al mundo una historia que no solo sirva para ser contada, sino también para sentirse.