Yo
estaba ahí cuando pasó.
Un
hombre llega a casa con una caja llena de cosas en las manos, saluda a su mujer
con un beso en los labios, tan sombrío fue el beso que los ojos de su esposa se
llenaron de lágrimas, el hombre, quien también era padre, pasó frente a sus hijos
y les regaló una media sonrisa.
La
puerta cerrándose detrás de él es lo único que se escuchó después, el esposo y
padre había decidido encerrarse en su habitación seguido por su esposa, quien
antes se había dado a la tarea de sonreírle a sus hijos llenando aquel hueco
faltante de la sonrisa que su esposo, segundos antes, les había dado.
Pasaron
dos horas antes de que una mujer un poco más cansada saliera de la habitación,
no había espacio suficiente en aquel lugar para tanta tristeza y desesperación.
Fue a la cocina y se dedicó a hacer la cena, la cena en la que el padre no
estuvo presente; a la hora de dormir, la madre los arropó y les besó la frente
a cada uno, seguido de un “los amo” les deseó buena noche, aquella buena noche
que su padre no les dio.
Cuando
la niña, quien era la mayor de los dos hijos, despertó en la madrugada, por una
ranura bajo la puerta vio un reflejo de luz asomarse, había alguien afuera y
ella sólo podía imaginar un montón de monstruos en una gran fiesta en la sala
de su casa. Seguramente planeaban entrar a su habitación para darles un buen
susto, despertar a su hermano y comérselo en grandes bocados mientras ella espera
su turno; la niña tuvo que lidiar con ese pensamiento por poco más de diez
minutos. Pensó en gritarle a su padre, él sería lo suficientemente poderoso
para combatir a cualquier monstruo, de cualquier tamaño; luego, recordó que su
padre había llegado del trabajo tan enfermo aquel día que seguramente tampoco
estaría presente para lidiar con aquellos monstruosos personajes. La niña no
gritó.
Se
levantó de la cama intentando no despertar a su hermano, se acercó hasta la
puerta de su habitación y giró la perilla; en cuanto vio el resto de la casa desde
su puerta supo que debía de ser ya muy tarde, el silencio le hizo suponer que
aquellas criaturas seguramente no tenía lengua, pero todavía le parecía que
eran horrendos.
Salió
de la habitación por pura curiosidad, en cuanto dobló hacia la sala comprendió que
la luz venía de la televisión y más se sorprendió al ver a su padre viéndola sin
sonido. “A papá le gusta la música y le televisión a todo volumen”, recordó, quizá
por esa razón se le hizo tan extraño verlo sentado frente a un aparato mudo.
Él, al darse cuenta de la presencia de su hija le tendió la mano y con la otra
palmeó al sillón indicándole que se sentara junto a él. La niña, sin dudarlo,
corrió hacia su papá, le tomó la mano y él la abrazó a cambio. Aquel silencio
reconcilió a la niña con su padre.
La
niña miró a su papá a los ojos y sintió culpa por haber pensado que podría haber
sido un monstruo, no había nada de maldad en los ojos de aquel hombre, sólo
cansancio y tristeza. Cuando la niña lloró en los brazos su padre, él la tomó y
le dijo: “Perdón por aquella media sonrisa de la tarde, por no estar con
ustedes en la cena como cada noche, por faltar a la hora de dormir; pero el
hecho, baby, es que a veces uno se cansa de ser hombre, pero nunca padre, y
cuando me canso, sólo necesito pensar en ustedes para volver. Perdón, baby, hoy
me despidieron del trabajo, pero hay uno del que nunca podrán despedirme y ese
es el de ser su padre. Te amo”, me dijo.
Desde
entonces, mi padre nunca ha dejado de ser hombre, empresario y mi guía, y yo sé
que jamás, no importa lo que pase, él jamás dejará de ser mi padre.
