La primera vez que nos vimos
en aquella central de autobuses vi mi entusiasmo en tus ojos, mis ganas de
abrazarte me llevaban al límite con cada palabra y silencio. Caminaste hacia mí
con paso firme y aventurado. Tu sonrisa fue la clave para recordarte todo el
siguiente fin de semana.
Supe que no tenía remedio, tenía
que admitirlo, mis sentimientos estaban al borde de un primer beso. Nos detuvimos,
siempre lo hacemos, aún así nos aceptamos desde aquel momento.
Me mostraste tu mundo en la
gran ciudad, sabías tu lugar, estabas tan seguro de ti que me hiciste sentir
segura a mí. Me llevaste junto a ti, recorrimos pasillos, explanadas, cruzamos
calles llenas de autos y personas, yo no desee caminar junto a nadie más que no
fueras tú. Y en todo el recorrido estuvieron tus ojos, esos ojos bajo tus
abultadas cejas me miraban y sonreían. Atrapados
en el metro no podíamos huir, te paraste frente a mí y sonreíste con ternura,
como si agradecieras algo.
Me sorprende que con cada
roce de tu cuerpo se avivaran las mariposas en mi estómago, amarillas, por
cierto… en un revoloteo amarillo.
Camine junto a ti hasta el
palacio de mis deseos; mientras me fotografiabas yo me detenía a mirarte
entusiasmada y sorprendida. Debías de quererme para hacer todo aquello por mí.
No pude detener las horas. Pude
hacerte sonreír, pero no pude detener las horas.
Llegamos al momento en que
mi partida fue inevitable y la prolongación de nuestro tiempo juntos fue todo
lo que yo quise e imagine que fuera. Agradecí el largo camino a casa, nunca
antes había deseado caminar tanto junto a alguien, alargando así nuestra
despedida. La noche nos cubrió bajo un cielo claro y faros encendido, y el compás
de tus paso seguían haciéndome sentir esa seguridad que sólo tú me das. Entonces
llego el momento de dejarte ir, en un abrazo corto; pues yo me hubiese aferrado
a tu cuello, nos despedimos con palabras cortas y extrañamente melancólicas.
Cuando me diste la espalda
mis labios gesticularon “Te voy a extrañar” y te perdí de vista en cuando
doblaste la esquina, con aquella mochila en los hombros y la cabeza mirando al
suelo.
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