Un hombre mira de re ojo las manecillas de un reloj viejo y
gastado, el tic- tac le molesta más que la espera, le impacienta la llegada de
aquella niña, que solo tiene ojos para él. Ese hombre se mantiene de pie junto
a la puerta, protegiendo, cuidando, alzando los ojos al cielo, si es necesaria
una oración; un hombre que no tiene la edad más que en los ojos, ese hombre que
abraza con el corazón, aquel hombre de mal genio ante el tic-tac del reloj, de carácter
fuerte, de sonrisas compartidas y de palabras fuertes.
Un hombre mira de re ojo las manecillas de un reloj viejo y
gastado, el hombre espera por la niña que ha dejado de serlo, pero quien
siempre ha sido suya… ese hombre ama como nadie, y ella lo ama con su vida; y
la espera se hace larga, y él se mantiene y los mantiene. Quien tenga la suerte
de tenerlo de frente, podrá verle el orgullo de ser quien es, las arrugas que
lo llaman por su nombre, fuerte y sin remedio.
Aquel hombre da un suspiro, traga saliva y se deja caer en
el sillón, su pequeña esta cruzando la puerta de la casa; ese hombre no es de
piedra, ese hombre es más humano que un puñado de religiosos, ese hombre sabe
perdonar. El tic-tac de las manecillas del reloj ya no le estorban, la
impaciencia se vuelve calma y la noche puede tomar el tiempo que desee; pues
ella ha llegado a casa, pues él ya puede protegerla. La abraza y le besa la
frente… y con un “Te amo” le da las buenas noche, pues él, el hombre más humano
que ella ha visto en su vida, teme no despertar, y ella, que solo le teme a su
vida sin él, le responde “te amo, papá”.