Una sonrisa para cada día

Una sonrisa para cada día
Yo, mientras el mundo sigue

miércoles, 21 de mayo de 2014

Página uno, tú.

La primera vez que nos vimos en aquella central de autobuses vi mi entusiasmo en tus ojos, mis ganas de abrazarte me llevaban al límite con cada palabra y silencio. Caminaste hacia mí con paso firme y aventurado. Tu sonrisa fue la clave para recordarte todo el siguiente fin de semana.

Supe que no tenía remedio, tenía que admitirlo, mis sentimientos estaban al borde de un primer beso. Nos detuvimos, siempre lo hacemos, aún así nos aceptamos desde aquel momento.

Me mostraste tu mundo en la gran ciudad, sabías tu lugar, estabas tan seguro de ti que me hiciste sentir segura a mí. Me llevaste junto a ti, recorrimos pasillos, explanadas, cruzamos calles llenas de autos y personas, yo no desee caminar junto a nadie más que no fueras tú. Y en todo el recorrido estuvieron tus ojos, esos ojos bajo tus abultadas cejas  me miraban y sonreían. Atrapados en el metro no podíamos huir, te paraste frente a mí y sonreíste con ternura, como si agradecieras algo.

Me sorprende que con cada roce de tu cuerpo se avivaran las mariposas en mi estómago, amarillas, por cierto… en un revoloteo amarillo.

Camine junto a ti hasta el palacio de mis deseos; mientras me fotografiabas yo me detenía a mirarte entusiasmada y sorprendida. Debías de quererme para hacer todo aquello por mí.

No pude detener las horas. Pude hacerte sonreír, pero no pude detener las horas.

Llegamos al momento en que mi partida fue inevitable y la prolongación de nuestro tiempo juntos fue todo lo que yo quise e imagine que fuera. Agradecí el largo camino a casa, nunca antes había deseado caminar tanto junto a alguien, alargando así nuestra despedida. La noche nos cubrió bajo un cielo claro y faros encendido, y el compás de tus paso seguían haciéndome sentir esa seguridad que sólo tú me das. Entonces llego el momento de dejarte ir, en un abrazo corto; pues yo me hubiese aferrado a tu cuello, nos despedimos con palabras cortas y extrañamente melancólicas.


Cuando me diste la espalda mis labios gesticularon “Te voy a extrañar” y te perdí de vista en cuando doblaste la esquina, con aquella mochila en los hombros y la cabeza mirando al suelo.