Elisa, pobre Elisa,
siempre deseando todo aquello que no la desea.
Han pasado quince minutos,
Elisa se pone en pie con los ojos húmedos y aun pequeños, mira por la ventana
sin esperar ver a nadie, se siente fuera de lugar, este momento no lo había imagino
así hacia unos meses. Elisa se cruza de brazos, su cabeza le dice que no debe
esperar ya nada, pero su corazón desea aun esperar; no hay nadie a fuera, para
los demás el día que esta por venir es un día cualquiera… “todos los días nace
alguien más” suele pensar para convencerse de que es un día más.
Elisa, pobre Elisa,
tan sensible siempre en la espera.
Faltan treinta
minutos para los doce, treinta minutos para el termino del viejo día e inicio
de el nuevo día; Elisa se encuentra con ella misma, pero ella misma no se
reconoce, aquel espejo no tiene ni gota de compasión, no la hace ni más bella y
ni más fea, la luce tan simple, demacrada e infeliz, aquel espejo debería permanecer
tapado, pero no encuentra con que cubrirlo… Elisa cierra sus ojos ante el, pero
ella misma en aquel espejo la sigue en su cabeza.
Elisa, pobre Elisa,
no se ve ya como antes.
Falta solo un minuto
para las doce, sus ojos húmedos y pequeños no se despegan del celular, intenta
convencerse de que llamara y de la misma manera intenta convencerse de que no
lo hará, así ya, por lo menos no tendrá que sorprenderse o decepcionarse. Aun un
minuto antes de la doce, la espera, la agonía, y las lágrimas se hacen más
pesadas, insoportable espera… este minuto se hace frío, este minuto se hace
eterno. Elisa no despega los ojos del teléfono, Elisa no deja de llorar…
Elisa, pobre Elisa, culpándose
y sintiendo el frío de un reloj que en cualquier momento anunciara la
medianoche.
Anya
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